En una misma semana hemos podido leer dos artículos muy distintos en las páginas de opinión de El País.
El primero al que haré referencia es el de Félix Ovejero, titulado “Economía melancólica” (El País, 3 de mayo 2008). En él Ovejero ponía el dedo en la llaga al denunciar la pasmosa asimetría liberal-capitalista que parecemos haber aceptado, como opinión pública, de un modo singularmente acrítico.
Mientras no hace mucho, a países menos desarrollados sumidos en graves crisis financieras –véase Argentina– se les imponían rigurosas ortodoxias como condicionante a la recepción cualquier tipo de ayuda desde las instancias monetarias supranacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional…), las mismas voces que entonces validaban la ‘mano dura’ se convierten ahora en amables corderillos balando por una intervención estatal que proteja las partes menos nobles de nuestros agentes económicos de mayor postín (bancos, cajas, constructoras…), otrora apóstoles de la desregulación y del libérrimo mercado de los machos alfa.
Como bien dice Ovejero en su artículo, “cualquier majadero se embarca en negocios si sabe que el Banco Central le salvará”. El argumento es inapelable. En época de bonanza las ganancias se comparten con los contribuyentes sólo al tipo del impuesto de sociedades, quedando la parte del león para los accionistas; en época de vacas flacas, sin embargo, no apetece asumir las pérdidas que tocan.
Aun así, el desparpajo de este furioso ímpetu socializante de nuestros ¿empresarios? bandera no hace más que alcanzar nuevas cotas. La última ocurrencia consiste en proponer oficialmente la utilización del dinero del Fondo de la Reserva de la Seguridad Social para hacer frente a la crisis inmobiliaria. Las asociaciones implicadas (bancos y cajas de ahorros) solicitan al Gobierno que los fondos de la Seguridad Social se inviertan en la compra –es decir financiación– de sus devaluados activos.
Y en contraste con esta crítica tan correctamente argumentada, Juan José López Burniol, miembro de la maragalliana Ciutadans pel Canvi, publica en la misma semana “La dialéctica centro-periferia” (El País, 28 de abril 2008).
El político catalán afirma que el antagonismo político que irá cobrando mayor relevancia en el futuro es el Gran Madrid-comunidades de la periferia. Bien, interesante. Examinemos el razonamiento.
Afirma López Burniol: (1) que “el Levante y el Sur” son comunidades emergentes, (2) que “el Norte” pierde empuje y es menos atractivo, y (3) que hemos asistido al despegue del “centro/Gran Madrid”. Todo ello, por cierto, avalado con datos relevantes como la evolución histórica de la atribución de escaños.
Pero sorprende el autor cuando de esos presupuestos concluye: (1) que España cada vez es más homogénea (¿se deduce de los presupuestos de base?), y tachán, tachán, (2) que de esta dinámica se deduce la conveniencia de desarrollar un Estado federal (vieja, viejísima, reclamación del ex-President Maragall).
Quizá le convendría a López Burniol revisar sus conclusiones, acaso blindadas a priori, en vista de la realidad política actual. Y es que esa realidad habla de que el nuevo Estatut de Cataluña no resulta especialmente amable para la ‘periferia’. Es más, cualquier limitación a la impropiamente llamada ‘solidaridad interterritorial’ encontrará sin duda el apoyo egoísta de los contribuyentes de ese rico “Gran Madrid”, mucho antes que el de los andaluces, por citar un ejemplo.
Quizá, insisto, le convendría a López Burniol confrontar su teoría con la realidad que escupen los primeros contactos entre los distintos dirigentes autonómicos de cara a la negociación de un nuevo régimen de financiación. ¿Se apiñan los presidentes en función del esquema centro-periferia, o lo hacen más bien en función del esquema comunidades ricas-comunidades pobres? A los datos me remito.
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