Decía ayer Rosa Díez en la sesión de investidura que España no se rompe porque se caiga un trozo del mapa, sino porque ya ha comenzado el proceso de quebranto del principio de igualdad entre todos los españoles.
Se rompe, no se rompe; la margarita nacional se deshoja en la verborrea parlamentaria con las alternancias de diagnóstico que permite la no inmediatez del desenlace observable.
Dejando a un lado la gravedad verbal del atril del Congreso, un simple ciudadano de a pie sí que acumula en sus notas recabadas a diario evidencias de que la ‘España plural’, la que hace del principio de autonomía su santo y seña, está llevando a una serie de absurdos en lo que respecta a la relación entre administración(es) y administrados:
1ª. El tratamiento del agua de los ríos para los trasvases –palabra maldita– depende de su condición o no de afluente de otro. Todo gracias a esos estatutos de autonomía versión 2.0 y a una mecánica electoral que favorece el enfrentamiento entre los distintos territorios.
2ª. No existe una comparativa homogénea y centralizada de la calidad del aire entre Madrid capital y el resto de la comunidad autónoma. Las competencias, ay, están distribuidas entre la administración municipal y la autonómica, con distinto personal, recursos y protocolos internos de actuación.
3ª. Una declaración de incapacidad emitida por el Instituto Nacional de la Seguridad Socialno es reconocida a todos los efectos por las autoridades del ámbito autonómico. Que el personal técnico de la Administración Centraldel Estado concluya que un señor sufre una gran minusvalía no le ahorra a ese señor el tener que someterse a un nuevo tribunal médico.
Esos sí son problemas reales de esta bendita (pero laica) ‘España plural’ que nos cae en suerte con lo que votamos en las urnas.
Y mientras tanto, en la Rúe de Percebe Genovés 13, los cuchillos se afilan con ahínco. En estos dos meses que nos quedan hasta el próximo congreso de los populares anticipo las más variadas combinaciones semántico-políticas de los términos “de centro” y “liberal”. ¡Qué lástima sería que el debate y las propuestas se quedasen ahí!